lunes, 14 de enero de 2013

Rude boy

Rómpeme, golpéame, dame. Sigue, sigue, hasta hacerme sangrar. No puedes romperme, no puedes doblegarme. No pares. No cederé, así que continúa.

No me verás pestañear, ni llorar, ni arrastrarme a ti. No me verás suplicar. Solo sonreiré, esperaré otro golpe, uno tras otro, con los ojos abiertos, mirándote fijamente, sin pestañear.

No eres capaz de dañarme. Nadie puede.


miércoles, 2 de enero de 2013

Consúmeme


Transfórmame en humo, hazme desaparecer. Quémame, respírame, bébete mi cuerpo. Consúmeme y písame, como la colilla de tu cigarro.

jueves, 27 de diciembre de 2012

Añil

Perdida entre el humo azulado de los cigarrillos que fumas, que consumes entre tus finos labios de cuchilla, me hundo. Con el suave aroma de la menta y la hierbabuena caigo en una ensoñación violácea, magenta y añil, que transporta mi esencia incorpórea y la transmuta, cambiándola y deformándola. Y aunque no estoy, sigo estando, pues te veo, aquí, delante de mi, aún fumando, dejando escapar el humo en espirales a través de las fosas, cerrando los ojos con cada calada y tirando con un gesto leve la ceniza en el suelo. Estoy aquí, pero también estoy allá, en el añil, mezclándome, muriendo cada segundo y resurgiendo.

Te acercas a mi, pero a la vez te alejas -de mi, de mi otro yo, de la esencia perdida en lo etéreo-. Alargas la mano y me acaricias las mejillas, pasas tus dedos por mi rostro, mis labios, y siento como se eriza cada vello de mi cuerpo al tu contacto eléctrico. Me besas y abrazas y yo siento que me deshago. Me desintegro.

Abro los ojos y ya no soy yo, ni tu, pero seguimos siendo. Allí, en el añil, mezclados, junto al humo de tus cigarrillos, con el olor de la menta y la hierbabuena.



viernes, 9 de noviembre de 2012

Sentimientos entrelazados


Nos miraremos a los ojos, nos mentiremos. Destrozaremos nuestros labios en el ímpetu de un, dos, tres besos. Y continuaremos tan vacíos por dentro, escondidos en la melancolía de otros ojos, de otros labios rotos. Y no será suficiente el brillo de tus ojos para iluminar mi camino, ni tu ardiente deseo encenderá mi pasión. Mintiéndonos siempre, renegando de nuestra alma. ¿Hay forma más real de amarse?

jueves, 18 de octubre de 2012

Dioses

Desde los siglos, a través de las culturas, de las épocas, hay una única cosa que, desde el inicio de las Eras, ha acompañado al ser humano, como algo inherente en él. No, no es el ideal griego de democracia, ni mucho menos, ni la monarquía absolutista con la que soñaba el Rey Sol. No son los ideales, ni los sentimientos, ni las ideas: aquello que perdura inamovible es el afán de poder, la ambición, la dominación sobre los otros, sobre los débiles. Los humanos ansiamos un tipo de "liderazgo" similar al que se da en la naturaleza. El macho alfa gana por la fuerza su titulo grajeándose así el temor y respeto de sus inferiores -aunque semejantes-, hermanos de camada.

Para esa dominación de masas se han utilizado muchas y diversas armas, como la religión, la política, e incluso en muchas ocasiones, la fuerza. Pero la más eficaz es, sin duda, el dinero.

Basamos nuestra vida en cifras, transmutamos nuestro trabajo y esfuerzo por papeles con valor simbólico. Es tanto lo que depositamos en eso que cuando que no somos capaces de ver lo insignificante que es. Nuestra época ha divinizado el dinero. No hay pirámides donde ofrecer sacrificios a este ingrato y falso Horus, no hay ceremonias, ni mito, ni alma. Y por eso estamos perdidos. Porque creemos que si perdemos a este nuevo dios, no nos quedará nada.

Nuestro escepticismo nos ha hecho pobres, creyéndonos ricos.